A Raya

Texto: Víctor Manuel Pantoja Zamudio

El Milagro de la Vida

La fertilidad de la tierra encadenada a la rutina, práctica que sobre esfuerza los nutrientes que, por mero capricho natural, el suelo mexicano tiene. Año con año agricultores se ven en la laboriosa necesidad de cumplir con una cuota de productos por los cuales, supuestamente, van a ser beneficiados. Sin embargo, sujetos a la demanda, los precios suelen variar, provocando que la moneda de cambio sea más una garantía para seguir viviendo y produciendo que un mérito, consecuencia de un tiempo bien gastado. El proceso cíclico al cual es sometido cada labor agronómica, y la falta de variantes o caminos que representa un campo de cultivo tercermundista, suele ser pasado por alto ante un funcionamiento mental colectivo, el cual se limita a su universo personal. No es necesario para una persona en general conocer, sobre cómo cada cosa llega a su lugar y poder ser adquirido a un precio “razonable”. Pero tampoco cae nada mal saberlo.

En la primera etapa (hablando de la forma de sembrar de un sector favorable en cuestiones de inversión y forma de atender, como lo son: el trigo, la cebada, el sorgo, la avena, el frijol, el garbanzo y el maíz blanco o amarillo), la parcela debe someterse a un proceso que permite suavizar el terreno, volteando la tierra para posteriormente trabajar sobre ella, destrozando lentamente cada uno de los grandes montículos de tierra descubierta y con ello permitir que un distinto tipo de maquinaria prepare los surcos para regar y posteriormente plantar la semilla. A este proceso se le denomina “barbecho” y “rastrear”; Grandes discos de metal puestos en un patrón horizontal y/o vertical, pasan constantemente sobre la superficie, excavando de una manera perseverante. El tiempo debe ser preciso para la labor de lo contrario el terreno estará lo suficientemente duro como para poder hacer un buen trabajo.

Atendiendo a una norma lineal, grandes brechas se abren a través de la tierra, buscando la simetría en cada una de ellas. Dudosos de la percepción y a falta de una tecnología superior que les guie, buscan muestras pequeñas a las cuales apuntar con las imponentes llantas del tractor y poder mantener una trayectoria recta, y dependiendo de la disposición del terreno, obedecerá a la forma en la que cada uno de esos surcos serán llenados, para así poder guardar la humedad necesaria y que dé su interior nazca cada planta.

Sobre cierto infortunio llega la espera de la sentencia de la madre naturaleza, aguardando a que la humedad llegue de una mera inherente con el tiempo de las lluvias. O de formas más optimistas. Si se cuenta con un poso que proporcione el agua necesaria. Y de manera un tanto imprecisa, con un tratado ejidatario el cual cuente con una presa para abastecer al colectivo.

No obstante, el “tener” es más fácil que el “mantener” y la precisión de cada acción que paso a paso cuesta un porcentaje esencial del producto puede significar un obstáculo. El material externo aunado a lo posteriormente invertido es una recesión importante para las ganancias finales; plagas, sequias, hurtos, caída del precio, entre tantas otras cosas.

Raíces de la Tierra

-La gente piensa que es solo de echar a andar el tractor y que con eso ya basta, hay cabrones que ni siquiera saben cómo engrasar la cadena de la sembradora. Ya solo tener tus implementos listos para jalar es un desmadre. Y luego “que ya se te poncho una llanta” o “que el precio de lo que ibas a vender ya valió madre”. Pero que más hace uno. Hay que amarrarse bien a los putazos, aunque después de tantos ya uno anda todo pendejo. Y no se diga esas deudas que uno se hace en las “cajas populares”, todo lo que sacas se lo quedan ellos- mencionaba don Ramón con una mueca que fruncía sus cejas y denotaba su molestia, complexión robusta y altura promedio, bigote tupido y un color ahumado artificial y una botella de tequila en la esquina del asiento del tractor que se encontraba medio llena o medio vacía, según la percepción y el optimismo del bebedor.

Veterano en la agricultura, poseedor de una gran cantidad de hectáreas y con un vasto conocimiento sobre el trabajo que te puede ofrecer Estados Unidos y el que puedes obtener en México. Una amplia percepción que décadas de duro esfuerzo le ha permitido adquirir, en sus propias palabras ha trabajado desde que estaba en la “funda”.

-Ahorita el que quiera empezar en el campo no la va a armar, es un chingo de dinero el que tienes que meterle y si no tienes por lo menos 8 hectáreas para sembrar, a cómo te pagan, no te alcanza para recuperarte. Yo me acabe el lomo siendo tractorista en “el gabacho”, es buen dinero, pero es todo el día todo el puto año. Me cansé de eso y me vine a trabajar lo mío. Y como no alcanza nada ya, muchas personas me pasan sus tierras, yo me encargo y de lo que salga le doy una tercera o cuarta parte según el acuerdo, no más de eso porque luego no conviene.

Desde hace un tiempo los pequeños agricultores y campesinos que no alcanzan a cumplir lo necesario, en cuestiones de dinero, se ven en la necesidad de “pasar” la tierra, el cual es un proceso de renta que busca un trato justo sin la necesidad de invertir o arriesgar. Aun que en los casos más extremos venden sus tierras al mejor postor.

-Ya no rinde igual como antes, ya todo se está yendo a la chingada- me decía con una mirada cansada, la fortaleza de sus palabras y el tono enérgico en el que lo dijo, como si de provocar una pelea se tratara, me pareció sincero. Un metro cincuenta de altura aproximadamente, piel áspera como la misma tierra que trabaja año tras año, escaso cabello blanco que llegan solo hasta los laterales de su cráneo, una sonrisa repleta de dientes de oro los cuales despedían un olor entre tortillas y metal oxidado, no pude evitar imaginar el extraño ritual que tendría que hacer cada mañana al despertar; correr y sin pasar saliva escupir directamente en el lavabo, todo esto con el fin de evitar envenenarse con las toneladas de bacterias y metal que hay en su boca. El uso habitual de camisetas blancas para evitar quemaduras del sol imprudentes, un pantalón de cachemir y un sombrero blanco que, según la perspectiva, parecía ser más grande que su portador. Originario del “Monte”. Don Fidel ha trabajado toda su vida en el campo, las tres arrugas asimétricas que dibujaba su frete eran marcas, prueba de la veracidad de sus palabras.

-Ya no conviene trabajar en el campo, antes tenías tu milpita y no necesitabas echarle tanta madre, ya si no le echas de menos cuatrocientos kilos de fertilizante por hectárea no te sale ni madres, y luego de que no es una plaga es otra o, sino que ya te chingaron el maíz. Y pues puras de esas oiga. 

La miseria es definida como la desgracia o pena que padece una persona. Espolones de gallo para los cobardes, eso decía mi tía y como se dice también, al trabajo y a los putazos no cualquiera le entra.

-Quien no trabaja no come: tengo cerca de 200 hectáreas de cultivo, y siembro entre sorgo, maíz blanco, trigo y cebada. No da tiempo de nada, el campo es muy celoso, mucho tiempo de mi vida fue de la casa al trabajo y del trabajo a la casa y pues que le diré, así sigo, eso me costó a mi primera mujer, pero con la que me case ahora, como que si comprende. Las personas son muy envidiosas, ven que a uno le está yendo más o menos y en seguida les da por chingar, si les hechas la mano te toman del pie o si no dicen que eres un culo que no suelta nada- menciono don Fidel con un tono de rendición, la voz entre cortada y los parpados llorosos. Su presencia no era muy bien vista en el pueblo, lo consideraban una persona tacaña, de ese tipo que saca provecho si se le permite, de aspecto temeroso y palabra tambaleante en el sentido moral, la cual pese a sus dudas termina sosteniendo con todas sus fuerzas, como él dice: “Lo que se habla con la boca se sostiene con los huevos”.

El Monte, tierra de perros gordos. La mayoría de los pobladores tienen dos opciones, trabajar en el campo o irse a Estados Unidos, la diferencia es mínima ya que cruzar al otro lado significa trabajar de lo mismo, fieles a sus festividades y entregados a sus tierras. La mascota por excelencia es el perro, su natalidad es medida con la capacidad en la que un arriero de ganado ahorca y les da fin a las hembras indeseadas, evitando crías innecesarias. Si bien la tecnología ha asomado su cara y colocado banda ancha y recepción para celulares, esto no hace gran diferencia en la concepción de la vida. La población juvenil es mínima y descarriada.

-Los jóvenes viven muy a la carrera, ya se han torcido a varios huachicoleros, como ven que aquí se necesita arto diésel y gasolina para los tractores y las camionetas, de ahí se agarran y sacan su feriecita.

Atravesando el cerro que colindaba entre los ranchos de Ozumbilla y ojo de agua, límites entre Yuriria y Moroleón; huisaches, grandes tierras que asomaban el brote de semilla, hombres que lucían un moreno artificial causado por los rayos de sol y un panteón local que adornaba la entrada del latifundio del monte, cerca de ahí, a dos cuadras aproximadamente se encontraba la casa de don Fidel; fachada modesta, con un gran zaguán color azul y un interior semejante a una fortaleza. Grandes números de maquinaria y aditamentos que no precisaban salirse del único uso que se le daba, atender la tierra. Ganado de todo tipo y grandes jaurías se encontraban en la propiedad, deliberando la poca necesidad que tenía este de salir rumbo a la ciudad.

– ¿La ciudad? Si voy de vez en cuando a comprar cosas, pero no me gusta mucho. Siempre me pierdo cuando voy a Uriangato, mejor digo pa´que, nada más se ve uno como pendejo que no sabe ni a donde ir, y pues uno siempre ha sido de rancho. Voy más seguido a Moroleón, al mercado es lo que, si conozco y pues a Yuriria, pero ahí no hay mucho que ver- contesto mientras preparaba un taco. Sus palabras hablaban de una conformidad, sencilla delimitada por los tipos de clases sociales. El “soy de rancho” era una etiqueta que automáticamente le otorgaba un espacio al cual pertenecer y un mundo al cual comprende, y así como le otorgaba una dimensión, eso también lo restringía de otras realidades. Un motivo sencillo, creciendo constantemente con la experiencia y la capacidad de decir yo he cultivado esto.

Naturaleza, tierra y madre mexicana que provee de alimentos y brinda su busto para que el desnutrido pueblo aflore y tenga algo que exportar, algo que vender, como si no nos hubiéramos vendido lo suficiente. Simple proceso aumentado con creces; una semilla enterrada a cinco centímetros, perfectamente regada y alimentada crece, es brutalmente atacado por gusanos y sofocada por las lluvias inexactas, golpeado duramente por la granizada, crece y es trillada, 3 mil 500 pesos la tonelada, y si bien te va, quedas a raya, sin deber nada y si ganar nada.