Leyenda del tesoro de Caltzontzin, Zacapu

Zacapu, Michoacán, a 12 de julio de 2019.- Zacapu era la ciudad sagrada del pueblo purépecha, Enorme e importante era el centro ceremonial que se alzaba sobre la cumbre del Uringuarapexo (La Crucita), donde según las crónicas se adoraba “a un ídolo principal al que llamaban Tupup-Achá”, “el gran espíritu creador del universo”, y teniendo allí mismo al Sol “su casa del poniente”, al que adoraban bajo la advocación de Querénda-Angápeti, “la peña que está levantada”.

Alrededor de las construcciones sagradas, se alzaban las casas de los sacerdotes, los baños de vapor, así como los palacios de los principales, entre los que destacaban aquellos cuyas ruinas hoy conocemos como “El Castillo de Caltzontzin”, “El Palacio de la Reina” y “La Guatápera”, albergue de las guanacha, jóvenes vírgenes consagradas a Tatá Huriata (el sol) y a Naná Cutzí (la luna).

Desde esas épocas, la gente ha tenido por cierto que el rey y el Petáuti, supremo sacerdote, habían hecho construir varios túneles que conducían a Pátzcuaro y a Tzintzuntzan.

Dan fuerza a esa creencia, el hecho de que tanto en Pátzcuaro como en Tzintzuntzan se tiene por cierta la existencia de túneles que las unían entre sí y con Zacapu, haciendo más corto el trayecto entre ellas. El túnel largo, duerme como una serpiente, pacífico, bajo las montañas y el lago.

Así el rey podía admirar en el lago de Pátzcuaro la grandiosa obra de la madre naturaleza, extasiándose en el ocaso, cuando Xaratanga rielaba sobre las ondas apacibles del lago, o bien, podía observar aquí, en Zacapu, la salida del sol que asomaba tras la cumbre del Ziráte, para depositar sus primeros rayos sobre el disco de oro que ornaba lo alto del gigantesco cumbre dedicado a Curicaveri.

El tiempo se deslizaba a su capricho mientras él admiraba la belleza natural del paisaje que le rodeaba, lo cual daba una gran paz a su alma. El rey guardaba sus tesoros y los de sus dioses en aquel enorme túnel cuya entrada mantenía en secreto y solo conocían el propio rey y el gran sacerdote. Sabido es que la conquista de Michoacán los extranjeros se mostraban crueles e implacables, destruyéndolo todo en busca de saciar su desmedida codicia de oro y plata.

Aquí todo fue destruido, pero se asegura que los tesoros reales y divinos no fueron entregados sino que se conservan escondidos en ese túnel, cuya entrada, aquí no se ha podido localizar.

Tanto en Pátzcuaro como en Tzintzuntzan se han localizado entradas a túneles secretos, pero jamás ser humano alguno ha logrado avanzar más allá de unos metros, porque el oxígeno se agota, aunque el túnel parece alargarse… ¡y los tesoros no se han encontrado!

Hoy quedan aquí como huella de esta historia y como prueba de su existencia los palacios en ruinas…y la figura de un hombre atractivo y valeroso que por las noches se pasea por entre esas ruinas y que parece detenerse a observar la tranquilidad de este pequeño laguito que llamamos “la Zarcita”, de cristalinas aguas que corren a los pies de majestuosos robles y sauces.

Por cierto dicen que esa agua cristalina y pura de la Zarcita es sagrada, pues es regalo de Naná-erápperi (madre naturaleza) a los grandes dioses purépechas que tenían al Uriangarapexo por mansión, a cuyos pies brotan los manantiales.

Esa agua de excedente calidad tiene un sabor muy especial, pues todo el mundo asegura que “es distinta” a las de otras partes. Aquí se dice y afirma que “quien toma agua de la Zarcita ya no se va de Zacapu y si se va, vuelve” por qué extraña esa agua preciosa y deliciosa.