Redacción/GrupoMarmor
Bajo el sol intenso de la línea ecuatorial, nueve hombres avanzan en silencio por una pendiente de la Isla Floreana. Caminan uno detrás de otro, cargando en la espalda pesadas cajas de plástico de aproximadamente 45 kilos. El ascenso es lento y exigente; cada paso sobre el terreno volcánico requiere firmeza y equilibrio.
En el interior de esos contenedores viajan ejemplares jóvenes de tortuga gigante, una de las especies más emblemáticas del archipiélago de las Islas Galápagos. El trayecto culmina en una cresta marcada por rocas de lava afiladas y conos de ceniza que recuerdan el origen volcánico de la isla.
Al llegar a la parte alta, colocan las cajas con cuidado y las trasladan hacia una zona protegida por árboles de palo santo, donde la sombra ofrece un respiro frente al calor. Es entonces cuando comienza la fase más delicada: asegurar que los animales estén en condiciones óptimas antes de liberarlos en su nuevo entorno.
A primera vista podrían parecer una brigada militar por su formación y disciplina. Sin embargo, se trata de guardaparques del Dirección del Parque Nacional Galápagos, responsables de resguardar uno de los ecosistemas más valiosos del planeta. Su labor combina resistencia física, logística y una vigilancia constante para proteger la fauna del archipiélago.
La misión tiene un significado especial: los ejemplares que transportan forman parte de un programa de restauración ecológica que busca reintroducir en Floreana una población de tortugas gigantes ausente desde hace más de siglo y medio. Con cada caja descargada, se concreta un paso más en la recuperación de una especie que durante generaciones solo existió en registros históricos y relatos científicos.


















