#COLUMNA // El olor a pobreza

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Edgar Bravo Avellaneda / Grupo Marmor

Desde niño descubrí que tenía un talento peculiar: asocio las emociones, las personas y algunos momentos de mi vida con olores.

Mi abuelo Miguel olía a cuero, a manejo y a poder.

Mamá Chula olía a masa y a guardado. Era generosa y de buen corazón.

Mi abuela olía a perfume caro. Quizá de ella heredé mis ansias de crecer, de avanzar y de trascender.

Y de mi infancia recuerdo también otro olor: el olor a pobreza y a esfuerzo.

Olía a ropa húmeda, a casa, a trabajo, a mis padres intentando salir adelante. Durante mucho tiempo ese olor me produjo vergüenza. Hoy, a los cincuenta, puedo mirarlo de otra manera: mis padres, con sus aciertos y sus enormes equivocaciones, son también parte de mi mayor fortaleza.

Con los años descubrí muchos otros olores.

Se huele el papel de la burocracia. Quienes hemos pasado buena parte de la vida entre oficinas públicas sabemos que expedientes, escritorios y pasillos terminan teniendo un aroma propio.

También huele el dinero. Los billetes nuevos y los viejos tienen olores distintos. Y no deja de resultarme curioso que aquello que durante tantos años perseguimos tenga, al final, un olor tan sencillo: papel.

Los amores son cosa aparte.

Los amores huelen y saben.

Uno puede olvidar conversaciones enteras y, sin embargo, años después un perfume es capaz de devolvernos de golpe a una persona, una cama, una despedida o una felicidad que creíamos olvidada.

También se huele el miedo antes de cada batalla. Se huele el cariño. A veces, incluso, uno alcanza a oler la traición antes de poder nombrarla.

Hoy amo el sándalo y los buenos perfumes. Tal vez porque uno también construye su vida escogiendo los aromas con los que quiere habitarla.

Pero ya no quiero escapar de aquel olor a pobreza.

Ahora puedo volver a él y encontrar a un niño al que durante muchos años quise dejar atrás. Y decirle que no se avergüence. Que la pobreza era una circunstancia, nunca su identidad. Que sobrevivimos. Que crecimos. Que nuestros padres hicieron lo que pudieron con lo que tenían.

Y que hoy puedo cuidarlo yo.

Al final, quizá he pasado buena parte de mi vida oliendo el mundo antes de entenderlo.

Alguna ventaja tenía que tener esta nariz tan grande.