Redacción / Grupo Marmor
En la actualidad, las tradiciones y celebraciones que se llevan a cabo en torno al Día de Muertos no se pueden concebir sin la presencia de La Catrina, ese altivo esqueleto que desfila entre cempasúchil luciendo espectaculares sombreros y vestidos; sin embargo, sus orígenes se remontan a una crítica social mucho más profunda.
A principios del siglo XX, el ilustrador y grabador aguascalentense José Guadalupe Posada ideó a la “Calavera Garbancera” como una sátira hacia las clases sociales de la época. Por un lado, se burlaba de la clase baja —aquellas personas de sangre indígena que vendían garbanzos— que, renegando de su cultura, pretendía ser europea aplicando polvos de ladrillo o garbanzo en sus mejillas para simular maquillaje. Por otro lado, la obra era un sarcasmo hacia los ricos que, cegados por sus lujos, olvidaban que en el fondo todos terminarían siendo calaveras.
De Garbancera a la Catrina de Diego Rivera
Casi tres décadas después de la muerte de Posada, fue el célebre muralista Diego Rivera quien inmortalizó la imagen que conocemos hoy. Rivera retomó el rostro de la creación original y la completó vistiéndola con un elegante atuendo blanco y un majestuoso sombrero de plumas en su famoso mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, bautizándola definitivamente como La Catrina.
Hoy en día, el legado de Posada —quien fue precursor del movimiento nacionalista en las artes plásticas e inspiración para grandes como José Clemente Orozco— sigue vivo. Su obra trascendió las fronteras, convirtiendo a la muerte en un símbolo democrático donde, como él mismo diría: “güera, morena, rica o pobre, toda la gente acaba siendo calavera”.


















