Jorge Rubio/Grupo Marmor
En septiembre de 1928, un hecho fortuito transformó para siempre la historia de la salud pública. Al regresar a su laboratorio en el St. Mary’s Hospital de Londres tras un periodo de descanso, el bacteriólogo británico Alexander Fleming descubrió que una de sus placas con bacterias de estafilococo había quedado expuesta al aire y se encontraba totalmente contaminada.
Al examinar el recipiente, Fleming notó que un moho verdoso —el hongo Penicillium notatum— había proliferado de manera accidental. Lo verdaderamente extraordinario era que las colonias bacterianas cercanas al hongo habían desaparecido por completo, lo que evidenciaba que el microorganismo secretaba un agente capaz de exterminar a las bacterias.
Pese a que el científico bautizó la sustancia como “penicilina” y divulgó su investigación en 1929, se requirieron más de diez años para que los especialistas Howard Florey y Ernst Boris Chain consiguieran aislar e industrializar el fármaco. Su manufactura en masa durante la Segunda Guerra Mundial resultó decisiva para salvar a miles de combatientes de infecciones mortales.
El hallazgo accidental de la penicilina dio origen a la era de los antibióticos, convirtiendo padecimientos que antes resultaban letales en afecciones totalmente tratables. A la fecha, aquel descuido en una mesa de trabajo se considera una de las mayores hazañas científicas de la humanidad.


















