Columna por : Edgar Bravo Avellaneda
Cada Día de Muertos me enfrenta a una pregunta que nunca he conseguido responder del todo: ¿celebramos a quienes se fueron, recordamos lo que fueron o sufrimos lo que dejaron de ser?
En México hemos hecho de la muerte una fiesta. Le ponemos flores, música, comida y hasta sentido del humor. La vestimos de catrina, le ofrecemos mezcal y fingimos, por un par de días, que no nos duele tanto.
Pero a mí estas fechas me recuerdan, sobre todo, a mis muertos.
Murió de cáncer mi abuelo Miguel. No nos hablábamos. Y descubrí que la muerte también tiene la crueldad de volver definitivos los silencios que en vida creímos pasajeros.
Mataron arteramente a mi tío Jesús, que fue un padre para mí. También estábamos distanciados, y aquella distancia me dolía tanto o más que su propia muerte. Porque hay ausencias que comienzan mucho antes de que alguien muera. Su asesinato me arrebató no solamente a un hombre fundamental en mi vida, sino también la posibilidad de reencontrarnos, de abrazarnos y de decirnos aquello que el orgullo, las circunstancias o el tiempo nos habían impedido expresar. Hay muertes que duelen por la ausencia y otras que lastiman, además, por todo lo que quedó sin resolver.
Vi morir a mi abuela Perfecta, que, cual Gea, parecía ser dueña de todo: de la familia, de las certezas, del orden de nuestro pequeño universo. Con ella murió también esa infantil convicción de que algunas personas son eternas.
Y en esta interminable lucha entre la vida y la muerte conocí de cerca al Leviatán llamado cáncer. Al cáncer de pulmón, esa bestia despiadada que se empeña en llevarse cruelmente a mi madre. Lo he visto acechar, lastimar, arrebatar tranquilidad y desafiar nuestras esperanzas. Pero también conocí a una guerrera de nombre DELFINA, que lo enfrenta con una entereza que me sobrecoge. Una mujer que se niega a entregarle su historia, su dignidad y sus ganas de vivir. Esa guerrera es mi madre. Y mientras ella siga luchando, la muerte tendrá que aprender que no todas sus batallas están ganadas.
También he visto morir cosas que nunca necesitaron un certificado de defunción.
Vi morir a mi niño interior, ese que alguna vez creyó que el mundo era un lugar justo. Vi morir ilusiones, proyectos y la ingenua convicción de que la humanidad terminaría construyendo un mundo mejor.
Pero no todas las muertes merecen lágrimas.
También vi morir mi vida en el clóset. Y, paradójicamente, fue de lo mejor que me ha pasado en la vida. Porque hay cosas que tienen que morir para que uno pueda empezar a vivir. Aquel entierro no tuvo luto ni flores: tuvo libertad.
Vi morir al PRI, aunque todavía haya quienes insistan en mantenerlo conectado al respirador artificial de la nostalgia. Y vi morir a Michael Jackson, llevándose consigo una parte de la banda sonora de mi generación.
Porque hay muertos que enterramos, otros que seguimos cargando y algunos cuya desaparición, francamente, hasta agradecemos.
Entonces vuelvo a preguntarme: ¿celebramos a los muertos o a los vivos? ¿Recordamos que somos finitos o festejamos, con cierto alivio, que no tendremos que soportarnos eternamente?
Quizá la muerte sea también un acto de misericordia. Imaginen la condena de una existencia interminable, repitiendo nuestros errores, soportando nuestras contradicciones y padeciendo las estupideces propias y ajenas por toda la eternidad.
Aunque, pensándolo bien, algunos parecen empeñados en hacer insoportable incluso esta breve estancia.
Y, sin embargo, hay una idea que me desarma.
Mis tres bebés, Milo, Lucca y Theo, esos pequeños seres que me reciben como si cada regreso fuera un milagro, probablemente vivirán bastante menos que yo. Quisiera que alcanzaran los quince o dieciséis años y negociar con la muerte una prórroga que sé que no está en mis manos conceder.
¡Qué chingadera que el amor pueda ser tan grande y la vida tan breve!
Tal vez por eso me conmueve tanto Macario, aquel hombre que únicamente quería comerse un guajolote entero sin tener que compartirlo con nadie y terminó encontrándose con la Muerte. Una historia que nos recuerda que ni la riqueza, ni el poder, ni la astucia consiguen alterar indefinidamente nuestro destino.
A Macario le concedieron, por un instante, la posibilidad de negociar con lo inevitable. Nosotros apenas podemos negociar con nuestros recuerdos.
Y aquí aparece una convicción que algunos encontrarán incómoda: creo en el derecho a una muerte digna. Defiendo la discusión seria sobre la eutanasia y el suicidio médicamente asistido, con todas las garantías éticas, médicas y jurídicas que semejante decisión exige.
No porque desprecie la vida, sino precisamente porque la considero demasiado valiosa para reducirla a la mera obligación biológica de seguir existiendo.
Vivir dignamente y morir dignamente no tendrían por qué ser aspiraciones contradictorias. Ni prolongar la agonía debería confundirse automáticamente con defender la vida.
Pero hoy no quiero convertir a mis muertos en un debate jurídico.
Quiero recordar a mi abuelo Miguel, incluso aquello que quedó sin decir; a mi tío Jesús, cuya ausencia comenzó antes de su muerte; a mi abuela Perfecta, al niño que fui y a los sueños que alguna vez parecieron invencibles. También quiero celebrar las vidas que tuve el valor de dejar morir para poder ser yo mismo.
Y, sobre todo, quiero seguir viendo vivir a mi madre. Porque mientras haya vida, también hay lugar para la esperanza.
Quiero abrazar a mis perros mientras todavía puedo hacerlo, disfrutar a quienes permanecen conmigo y reconciliarme con esa verdad que tanto nos incomoda: nada nos pertenece para siempre, ni siquiera nosotros mismos.
Tal vez el Día de Muertos no sea una celebración de la muerte, sino una celebración de cuanto estuvo vivo.
Y quizá tampoco se trate de elegir entre celebrar, recordar o sufrir.
Porque cuando alguien o algo nos importó de verdad, terminamos haciendo las tres cosas.
Celebramos lo vivido, recordamos lo perdido y sufrimos lo que todavía amamos.
Y mientras la muerte no venga a sentarse a nuestra mesa, habrá que seguir compartiendo el guajolote.
Aunque, como Macario, de vez en cuando también nos den ganas de comérnoslo solos.


















