El Derecho a la Ciudad: La UMSNH impulsa movilidad social

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Salvador García Espinosa / Grupo Marmor

En mi experiencia como profesor universitario, he tenido la oportunidad de platicar con mis alumnos de licenciatura y posgrado infinidad de ocasiones, sobre la importancia de la Universidad. Me sorprende que aún y cuando se trata de jóvenes que, aunque están dentro del sistema educativo, se cuestionan sobre la utilidad de estudiar una carrera universitaria para mejorar su futuro, preocupación que atribuyo principalmente a lo incierto que les resulta el futuro; pero, además, porque muchos de los alumnos son los primeros en su familia en acceder a una carrera universitaria, y las expectativas familiares sobre ellos son inconmensurables.

El discurso tradicional señala que la educación se considera el principal mecanismo y más poderoso para propiciar la mayor movilidad social, entendida como el movimiento de las personas de un nivel socioeconómico a otro. De hecho, este es el principio de las políticas públicas relacionadas con el acceso gratuito a la educación. Sin embargo, mis alumnos y los jóvenes en general cuestionan la lentitud o poca efectividad de este “elevador social”, sobre todo porque tienen presente la referencia de casos mayor e inmediata movilidad social con base en actividades, ilícitas en su mayoría, aunque algunos casos de éxito en actividades comerciales, como la típica de aquel joven que no cursó estudios y ahora es rico vendiendo tacos.

Sin embargo, más allá de la percepción o de los imaginarios, los datos duros de la Encuesta Nacional de ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI, señalan que un joven que estudiar una carrera, cuando se vuelve profesionista y se incorpora al ámbito laboral recibe en promedio un ingreso mensual 78% más alto en comparación con los jóvenes que sólo cursaron preparatoria. En este sentido, no hay duda de que la mejor decisión que un joven puede tomar es estudiar una carrera universitaria.

Otro dato relevante es que, en México, las generaciones recientes presentan una mayor escolaridad que sus padres, y que existe una relación positiva entre el número de años de educación, el ingreso y el bienestar. Desafortunadamente, pese a los esfuerzos gubernamentales, son pocos quienes pueden cursar una carrera universitaria. Un dato que ejemplifica la brecha existente es el hecho de que en el ciclo 2024-2025, Michoacán presentó una cobertura educativa en educación superior de apenas 19.9%, mientras la media nacional es de 46.8%.

Aún más grave es la situación, si se considera que la cobertura educativa se calcula dividiendo la matrícula escolarizada entre la población total de jóvenes de 18 a 22 años, y toda vez que la tendencia es que disminuye paulatinamente la población joven, lo que altera positivamente los indicadores. En otras palabras, en Michoacán se presenta una paradoja: la matrícula crece, pero la cobertura no.

Lo anterior se atribuye a la deserción en niveles previos, porque si bien la universidad aumenta en número de alumnos en sus cupos, la matrícula en educación básica y media superior en el estado ha tenido una disminución, y al haber menos egresados de bachillerato, los aspirantes a ingresar al nivel superior también son menos. Además, una gran cantidad de alumnos, si bien se inscriben posteriormente abandonan sus estudios, ante la necesidad de emigrar o trabajar, lo que reduce el impacto real del supuesto incremento de matrícula.

La preocupación laboral de los jóvenes es consecuente con la función sustantiva de la Universidad en términos educativos, pero si bien no se debe reducir la función de las universidades a la generación de mano de obra calificada, sí se deben tener en cuenta el diseño de programas educativos acordes con la realidad productiva regional, sobre todo porque el crecimiento económico es un factor sine qua non para hacer que la educación se traduzca en movilidad social. Aquí adquiere relevancia la pertinencia entre los programas educativos y los sectores productivos sobre los que se impulsa el crecimiento económico.

Mientras que numerosos estudios indican que los altos niveles de pobreza e informalidad, las bajas tasas de participación femenina en el mercado laboral, la insuficiente calidad educativa en las áreas más desfavorecidas y la exclusión financiera, juegan un papel importante para entender el bajo nivel de movilidad social en México, la realidad es que la educación universitaria es el principal factor del cambio social. Lo anterior, teniendo en cuenta que entre mayor sea el desfase entre la dimensión educativa y la realidad productiva de la entidad, más lenta será la velocidad en que opera la movilidad, incluso transgeneracional. Por esta y otras razones, considero que la manera de fortalecer la mejora de las condiciones socioeconómicas de millones de michoacanos es a partir de consolidar a la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.