Jorge Rubio/Grupo Marmor
Ganar la Copa del Mundo es la gloria máxima para cualquier futbolista, pero además del histórico trofeo de oro, el campeón de la edición 2026 se embolsará la estratosférica cifra de 50 millones de dólares otorgada por la FIFA. Sin embargo, este dinero no se reparte en un maletín lleno de billetes a los jugadores directamente en la cancha; el camino que siguen estos millones es sumamente estructurado y regulado.
El primer punto clave es que la FIFA jamás le paga directamente a los futbolistas. El monto total de los 50 millones de dólares se transfiere de forma íntegra a la cuenta de la federación nacional del país ganador. A esta jugosa cifra se le deben sumar, además, otros 12.5 millones de dólares que el máximo organismo del fútbol otorgó previamente a cada una de las selecciones clasificadas únicamente por asegurar su participación y cubrir los gastos de logística y preparación.
Una vez que el dinero llega a la federación, entra en juego un pacto que se firma mucho antes de que ruede el balón en el torneo. Meses antes del Mundial, los capitanes del plantel y los altos mandos de su federación se sientan a negociar los bonos, estipulando qué porcentaje del dinero de la FIFA irá directamente al bolsillo de los 26 convocados y el cuerpo técnico. Por lo general, las federaciones acuerdan entregar entre el 30% y el 50% del premio total a los futbolistas; si se decidiera repartir, por ejemplo, el 40% de la bolsa, cada jugador del plantel recibiría un bono cercano a los 750,000 dólares.
El dinero restante, que suele ser la mitad o más del premio, se queda en las arcas de la federación local, pero no puede gastarse de manera libre o para lujos de los directivos. Por estricto reglamento, ese capital debe reinvertirse en el balompié del país, destinándose principalmente al desarrollo del fútbol local a través del financiamiento de categorías juveniles, fuerzas básicas y el impulso del fútbol femenino. Asimismo, se utiliza para mejorar la infraestructura en centros de alto rendimiento y para cubrir los gastos operativos y viajes de todas las selecciones nacionales de cara al siguiente ciclo mundialista. Al final, mientras los jugadores aseguran un espectacular bono por hacer historia, el resto del botín sirve como el motor financiero para asegurar el futuro del fútbol en el país campeón.


















