El secreto de los gatos para caer siempre de pie

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Jorge Rubio/Grupo Marmor

Los gatos poseen una capacidad asombrosa para orientarse durante una caída y aterrizar sobre sus cuatro extremidades, una habilidad que la ciencia ha estudiado durante más de un siglo. Este fenómeno no es producto de la casualidad ni de un mito popular, sino de un complejo proceso anatómico y físico conocido formalmente como el “reflejo de enderezamiento felino”, el cual comienza a desarrollarse en los gatillos desde las tres semanas de vida.

El motor principal de esta respuesta radica en su sistema vestibular, ubicado en el oído interno, el cual actúa como un giroscopio natural que detecta la posición de la cabeza respecto al suelo en milisegundos. Una vez que el cerebro del gato registra la rotación imprevista, envía impulsos nerviosos que le permiten girar primero la cabeza, alineando la vista con el horizonte, para luego coordinar el giro independiente de la parte delantera y trasera de su cuerpo.

A nivel osteomuscular, esta maniobra es posible gracias a una columna vertebral sumamente flexible formada por más de 30 vértebras con articulaciones móviles, sumada a la ausencia de clavícula rígida en sus extremidades anteriores. Al arquear su lomo y estirar o encoger las patas alternadamente, el gato altera su momento de inercia —un principio de la física similar al que utilizan los patinadores sobre hielo para acelerar o frenar sus giros— logrando posicionarse boca abajo antes de tocar la superficie.

Finalmente, al aproximarse al suelo, el felino extienden las patas y relaja la musculatura para que sus almohadillas y articulaciones funcionen como amortiguadores naturales, distribuyendo el impacto. Aunque este mecanismo alcanza una efectividad sorprendente, los veterinarios advierten que la física tiene límites: la tasa de éxito depende de la altura del salto o caída, ya que distancias muy cortas no ofrecen el tiempo necesario para completar la rotación, mientras que alturas excesivas superan la capacidad de absorción de sus músculos.