Redacción/ Grupo Marmor
Zamora, Michoacán.- Quien llega a Zamora difícilmente puede pasar por alto sus enormes torres. El Santuario Guadalupano se levanta entre las calles de la ciudad como uno de sus principales referentes, pero detrás de su imponente fachada existe una historia que comenzó hace más de un siglo y que estuvo marcada por guerras, abandono y décadas de espera.
La primera piedra del templo fue colocada el 2 de febrero de 1898, cuando se proyectó construir un recinto de grandes dimensiones y estilo neogótico que originalmente tendría como objetivo convertirse en la nueva catedral de Zamora.
La obra avanzó durante algunos años, pero en 1914 los trabajos fueron suspendidos en medio de la Revolución Mexicana. Posteriormente, los conflictos religiosos que atravesó el país terminaron por mantener inconcluso el edificio durante varias décadas.
El inmueble incluso tuvo un uso completamente distinto al religioso. Durante algunos periodos fue utilizado como cuartel militar y uno de sus muros quedó marcado por los fusilamientos ocurridos en aquella época, convirtiéndose en uno de los capítulos más duros de la historia del recinto.
Pasaron los años y el proyecto quedó prácticamente detenido, hasta que en 1988 se retomaron los trabajos para rescatar la construcción y darle finalmente un uso religioso.
La obra continuó durante los siguientes años y el 12 de diciembre de 2008, más de un siglo después de que comenzara su construcción, el Santuario Guadalupano fue inaugurado y dedicado a la Virgen de Guadalupe.
Uno de los elementos que más sorprende a quienes visitan el lugar son sus torres, que alcanzan aproximadamente 107 metros de altura, convirtiéndose en una de las características más reconocibles del paisaje urbano de Zamora.
Su arquitectura neogótica, sus dimensiones y los detalles que conserva en su interior han convertido al santuario en uno de los edificios religiosos más importantes de la región.
Pero el Santuario Guadalupano es mucho más que una construcción monumental. Para los zamoranos representa un espacio de fe y tradición, mientras que para quienes visitan la ciudad se ha convertido en una parada prácticamente obligada para conocer parte de la historia y arquitectura de Zamora.
A más de 120 años del inicio de aquella obra, el edificio permanece en pie como testigo de distintas etapas de la historia de Michoacán: desde los años de conflicto y abandono hasta convertirse en uno de los lugares más representativos de la ciudad.
Hoy, las torres del Santuario Guadalupano no solo dominan el paisaje de Zamora; también cuentan, desde las alturas, la historia de un proyecto que tardó más de un siglo en convertirse en realidad.



















