Margarita Arreola / Grupo Marmor
Cada 15 de septiembre, la verbena se tiñe de luto para Aurora Bravo Lucas. La fiesta que era de todos se convirtió en su duelo personal. Aquella noche de 2008, cuando el Grito de Independencia se rompió con dos estallidos, ella no solo escuchó la historia del primer atentado terrorista en Michoacán: la sintió en su propia carne.
Estaba a cuatro metros de donde cayó una de las granadas.
“Yo creo que a unos escasos cuatro metros de donde cayó esa granada. En ese momento se escuchó un estallido como un cohete muy fuerte, y como apenas empezaba, pensamos que había sido un cohete que no había tronado bien”, recuerda.
Traía de la mano a su sobrina. El aire se volvió caliente y denso.
“Fue tan fuerte que yo traía a una niña, mi sobrina, y se le hicieron los cabellos así, como cuando explota un boiler. Y pues ya entonces empezamos a ver toda la sangre”.
Caminó. Luego sus piernas ya no respondieron. Se desvaneció. A su alrededor quedaron el caos, los gritos y los hospitales desbordados, mientras las horas se convertían en días.
Esa noche, Aurora perdió a su suegra y a su sobrino. Su esposo casi pierde la pierna. Ella quedó marcada para siempre.
“Yo también tengo varias esquirlas todavía en los pies. Pero desafortunadamente, o afortunadamente para mí, pues yo estoy de pie, aquí con ustedes, viniendo a estar con ellos, aunque ellos estén muy arriba”, dice con la voz entrecortada, de pie frente a la ofrenda de este año.
Las esquirlas siguen ahí. Los médicos le dijeron que extraerlas sería más riesgoso que aprender a vivir con ellas. Y aprendió. Con dolor, pero aprendió.
“Los que hicieron esto, como le han nombrado este primer atentado, era para que ya los hubieran detenido. No ha habido nada de personas detenidas, o a las que detuvieron pues no fueron, nada más para tapar el ojo, como se dice vulgarmente. Definitivamente ellos no fueron porque se comprobó y ellos ahora también son víctimas, como nosotros”, reclama.
A 18 años de los hechos, no hay detenidos. No hay justicia. Solo queda una memoria que se reabre cada septiembre.
Hoy, Aurora vende galletas y empanadas para sostenerse. Un trabajo que cansa y le punza los pies, donde aún lleva la metralla de aquella noche.
Pero cada 15 de septiembre regresa, con su dolor a cuestas, para estar un rato más cerca de los suyos, los que se quedaron arriba, mientras el grito de “¡Viva México!” sigue retumbando abajo.


















