El cineasta mexicano Guillermo del Toro vuelve a reinventar un clásico con su nueva versión de Frankenstein, donde el monstruo no sólo se ve diferente: está concebido con una meticulosidad que lo hace único.
Desde el diseño físico hasta su evolución narrativa, la criatura parte de una lógica de belleza y tragedia al mismo tiempo. Del Toro explicó que no quería recrear la imagen estereotipada del monstruo “cosido”, sino un ser que parezca recién nacido, tallado como una escultura de alabastro y cuyo ensamblaje tenga sentido estético.
En su versión, el proceso de creación es casi artístico: el doctor Víctor Frankenstein (interpretado por Oscar Isaac) realiza el montaje de su obra en una especie de coreografía, mientras la criatura (interpretada por Jacob Elordi) aparece como un ente vulnerable, sensible, más que monstruoso.
La altura de 1,96 de Jacob Elordi ofreció al equipo un lienzo perfecto para el equipo de maquillaje y efectos prácticos para el personaje. El proceso de maquillaje era de 10 horas y con 42 piezas prostéticas.
También la adaptación modifica la relación moral y narrativa original: la responsabilidad del creador, la soledad de la criatura y el abandono se transforman en una mirada más compasiva, aunque algunos críticos opinan que esa suavización resta parte de la crudeza filosófica de la obra original de Mary Shelley.
En conjunto, la película de Del Toro invita a ver al monstruo no como un “otro” aterrador, sino como un espejo de la humanidad, construido con arte, dolor y ambición. El reto: mantener el equilibrio entre fidelidad al mito y audacia creativa.



















