Redacción / Grupo Marmor
Tras seis décadas de investigación en suicidología, la ciencia ha identificado una constante que desafía las estadísticas de salud mental: la paradoja de género. Según datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) y estudios internacionales, los hombres mueren por suicidio entre tres y cuatro veces más que las mujeres, a pesar de que ellas reportan pensamientos suicidas con mayor frecuencia y realizan el triple de intentos no fatales.
Expertos señalan que esta disparidad es el resultado de factores psicológicos y culturales, una de las bases teóricas más aceptadas es la Teoría Interpersonal del Suicidio, la cual sugiere que los hombres suelen desarrollar una mayor “capacidad adquirida” para el suicidio letal, lo que se traduce en el uso de métodos como armas de fuego, cuya efectividad es del 90%.
Por otro lado, sociólogos y especialistas en salud mental destacan que la socialización del género que influye en la escena del suicidio. Mientras que los hombres suelen priorizan la efectividad inmediata del acto sin considerar el impacto visual posterior, las mujeres suelen mantener la “socialización del cuidado” incluso en sus momentos más críticos, esto explicaría la tendencia a elegir métodos menos traumáticos para quienes las encuentren, además de una mayor frecuencia en dejar notas con instrucciones detalladas, testamentos ordenados y previsiones para no dejar una “carga” logística o una escena violenta que otros deban limpiar.
Finalmente, la suicidología ha ampliado su enfoque hacia las personas transgénero y de género diverso (TGD). Estudios publicados en el American Journal of Public Health indican que esta población enfrenta riesgos significativamente mayores debido a la discriminación estructural y la falta de redes de apoyo, con tasas de suicidio que pueden superar hasta seis veces a las de la población cisgénero, subrayando que la identidad de género es un factor crítico en la prevención.



















