Margarita Arreola/ Grupo Marmor
“¡La bola, mujer!” Así, a voz a todo pulmón un hombre recorría desde muy temprano las calles de Pedernales, para avisar que el bastimento ya estaba listo, y que si las esposas querían podían adquirir para sus hombres que trabajaban en el corte de la caña.
Rúben Pérez, cocinero tradicional narró que el guiso fue inventado por la necesidad y el amor de las esposas, después se transformó y algunas personas decidieron comercilizarlas, pero cada vez quedan menos.
Las llamadas Bolas de Pedernal en el municipio de Tacámbaro, nacieron del amor y del calor. Del amor de las amas de casa que, hace décadas, mandaban la comida a sus esposos a los cañaverales. Y del calor de la Tierra Caliente, que obligaba a buscar una forma de que el guiso siguiera caliente después de horas de trabajo. La solución fue sencilla pero ingeniosa; tortillas gruesas abrazando frijoles con chile, queso y, si había suerte, carne seca. Un envoltorio que guardaba el calor como se guarda un secreto.
Hoy, ese grito ya casi no se escucha. Pocos son los que mantienen viva la receta heredada. Rúben lo aprendió de las manos de doña Carmen, su madre. Desde la madrugada amasa, guisa y envuelve, como si cada bola llevara también un pedazo de memoria.
Pero este fin de semana el grito vuelve. No en las calles de Pedernales, sino en el Jalo Futbolero de Morelia. Ahí, entre porras y balones, un estand rescata la tradición. La bola se sirve entera, humeante, para deshacerla con las manos. O en taquitos, para los que prefieren ir al grano; frijol, queso, carne. Aunque ahora también hay de chorizo y chicharrón, porque la tradición, como el amor, también sabe adaptarse.
Tacámbaro es el balcón de la Tierra Caliente. Y desde ese balcón, los sabores y saberes se asoman. La geografía da caña, da calor, da historia. Y las mujeres de Pedernales dieron una respuesta redonda, suave por fuera, pero brava por dentro.
Una bola que no se patea. Se degusta.

















