#VIDEO // El niño que jugaba descalzo en las minas y hoy es goleador de México: la conmovedora historia de Julián Quiñones

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Redacción / Grupo Marmor

Detrás de cada gol que estalla en el Mundial 2026 hay cicatrices, sacrificios y promesas de amor filial. Al minuto 22 del partido contra Ecuador, el Estadio Azteca se convirtió en un torbellino de cerveza, abrazos y un grito unísono de 80 mil almas que hicieron temblar los sismógrafos. En el centro de ese terremoto de felicidad estaba Julián Quiñones Quiñones, abrazado por sus compañeros, tocando el cielo. Pero para entender la verdadera magnitud de ese gol que metió a México a los octavos de final, hay que viajar más de 3,000 kilómetros hacia el pasado, a un rincón selvático de Nariño, Colombia, llamado Magüí Payán.

Ahí comenzó todo, lejos de los reflectores y el césped perfecto. Julián creció en una región profundamente golpeada por la violencia y la falta de oportunidades, en un hogar sostenido exclusivamente por la fuerza de las mujeres: su madre Gloria, su abuela y sus tres hermanas. Sin la presencia de un padre (quien los abandonó siendo él muy pequeño), el sustento venía de una tiendita familiar. De niño, Julián ayudaba en las peligrosas minas de oro locales y, cuando el estruendo de los derrumbes se lo permitía, se escapaba descalzo a jugar futbol en las calles sin permiso de su madre, prefiriendo quedarse a patear el balón antes que regresar a casa a comer. El futbol no era un pasatiempo; era su escudo para no ser reclutado por los grupos organizados que acechaban a la juventud de su pueblo.

Su vida cambió cuando llegó a Cali para probarse en “Fútbol Paz”, una organización sin fines de lucro dirigida por César Augusto Valencia Trejos, conocido cariñosamente como “Papá César”, quien desde hace dos décadas rescata a jóvenes de los contextos más dubres del conflicto armado. En su primer entrenamiento, Julián metió cuatro goles; en su primer año, anotó 48 tantos en un torneo sub-17, incluyendo un partido irreal donde marcó 17 goles él solo. “Era un monstruo. Tenía potencia, fuerza y un carácter impresionante. Siempre aparecía cuando el equipo más lo necesitaba”, recuerda “Papá César”, quien hace unos días lloraba de alegría frente al televisor al ver a su pupilo triunfar.

A los 17 años, con una maleta llena de sueños y la firme promesa de transformar el destino de su familia, Julián viajó a México para unirse a las fuerzas básicas de Tigres. Al ser menor de edad, su madre Gloria lo acompañó, tomándolo de la mano en una travesía que reescribiría sus vidas para siempre. Desde entonces, el delantero adoptó a México como su patria por elección, construyendo una carrera brillante que hoy lo tiene en la cima del balompié, consolidado como el máximo goleador de la liga saudí con el Al Qasdiah (por encima de Cristiano Ronaldo) y alcanzando la histórica cifra de tres goles mundialistas, igualando a leyendas como Cuauhtémoc Blanco y Rafael Márquez.

Hoy, de cara al crucial encuentro de octavos de final contra Inglaterra, Julián Quiñones juega por el país que le abrió las puertas y por las mujeres que nunca lo dejaron caer. Con el corazón en la mano, su madre Gloria conmovió por completo a la afición del Tri con un mensaje que resume este viaje de fe: “Gracias por abrirle las puertas a mi hijo… nadie es profeta en su propia tierra”. Julián ya no juega descalzo en las minas; hoy corre con el alma de millones de mexicanos que corean su nombre.