Jorge Rubio/Grupo Marmor
El Estadio Azteca no solo es uno de los recintos más emblemáticos del fútbol internacional, sino también el auténtico amuleto de la Selección Mexicana. A lo largo de la historia de las Copas del Mundo, el Coloso de Santa Úrsula ha sabido consolidarse como un territorio completamente hostil para los rivales y un búnker impenetrable para el conjunto tricolor, registrando una estadística envidiable que llena de orgullo a toda la afición.
Haciendo un repaso por la historia, México jamás ha perdido un partido de Copa del Mundo jugando sobre la mítica cancha del Azteca. Durante los certámenes de 1970 y 1986, el combinado nacional disputó un total de diez encuentros en este escenario, logrando un balance sobresaliente de siete victorias y tres empates. Equipos de la talla de Bélgica, Irak y Bulgaria cayeron ante el poderío local, mientras que potencias como la Unión Soviética solo pudieron rescatar la igualada.
Esta imbatibilidad mundialista convierte al coloso capitalino en una de las aduanas más respetadas del planeta. La altitud de la Ciudad de México, combinada con el imponente apoyo de más de 80 mil almas, genera una atmósfera de presión absoluta que históricamente ha mermado el rendimiento de las escuadras extranjeras, permitiendo al Tri crecerse en los momentos más cruciales.
Con la mira puesta en los desafíos de este 2026, el peso de la historia juega a favor de la escuadra mexicana. Mantener el invicto en el Estadio Azteca no solo es una racha estadística, sino un recordatorio de que, cuando se juega en casa y ante su gente, la Selección Mexicana es capaz de plantarle cara a cualquiera y defender con garra su territorio sagrado.


















