Margarita Arreola/ Grupo Marmor
En medio de aplausos que se confundían con sollozos, un repique incesante de campanas y una Catedral abarrotada hasta el último rincón, cientos de feligreses le dieron el último adiós a Carlos Garfias Merlos, Arzobispo Emérito de Morelia.
Las flores blancas alrededor del féretro y el incienso que llenaba la nave central, mientras en la celebración especial de exequias, encabezada por el actual Arzobispo, José Álvarez Cano, se recordó el legado de monseñor más allá de la fe: su incursión valiente y directa para construir la paz en Michoacán.
Álvarez Cano dijo que al evocar a Carlos Garfias viene a la mente su pasión por los seminarios, su trabajo cercano con los jóvenes, su impulso a la pastoral orgánica y su constante invitación a vivir con esperanza. Pero hay un rasgo particular, luminoso y significativo de su ministerio que surge de inmediato: su compromiso inquebrantable con la construcción de la paz.
Destacó que en una tierra tantas veces marcada por la violencia, Garfias Merlos comprendió que la Iglesia no podía permanecer indiferente. Inspirado por el Evangelio y por el magisterio, promovió el encuentro, impulsó espacios de diálogo, favoreció procesos de reconciliación y alentó iniciativas pastorales orientadas a reconstruir el tejido social.
“La paz no era simplemente ausencia de violencia, era fruto de la justicia, del perdón y de la conversión del corazón. Con frecuencia recordaba que la paz comienza cuando cada persona permite que Cristo reine en su interior”, evocó.
Añadió que su palabra fue firme cuando fue necesario denunciar la violencia, pero también estuvo siempre llena de esperanza, convencido de que el Evangelio sigue teniendo fuerza para transformar a las personas y a las comunidades.
Los restos del Arzobispo, oriundo de Tuxpan, Michoacán, fueron depositados en la cripta de la Catedral Metropolitana, acompañado de su familia, de decenas de sacerdotes y de un pueblo que, entre lágrimas y oraciones, le dio el último adiós.



















